Tres piedras y un cubo
Tenía cuatro años la tarde que Koko la llevó al lecho seco del río Lotsane, en Serowe, y le dijo que eligiera tres piedras. Mansa tardó cuarenta minutos. Las tocó todas, olió algunas, dejó unas cuantas a medio camino y volvió a por ellas. Al final se quedó con la gris de vetas blancas, la rojiza de arenisca del Kalahari y una negra, lisa como un huevo. Koko no la metió prisa ni una vez. Cuando terminó, lavaron las tres juntas en un cubo de plástico, y la abuela le dijo una frase que Mansa todavía repite algunas noches en voz baja: «Cuando eches de menos algo, toca una piedra. La piedra no se mueve. Tú tampoco.»
Koko era shona. Su familia había cruzado desde Zimbabue dos generaciones atrás y se había asentado en Serowe, en tierra bamangwato, a cuatrocientos kilómetros de Maun. Era una mujer práctica: sabía qué piedras sirven para afilar, cuáles para moler y cuáles son solo bonitas. Le enseñó a Mansa a reconocer las del río, a escuchar sin interrumpir y a hornear pan de sorgo en una olla de hierro. Primero, a no quemarse. Lo del pan vino más tarde.