Maun, donde los elefantes cruzan la carretera
Maun no es una ciudad que aparezca en postales. Es la puerta del delta del Okavango, sí, pero para quien vive ahí es otra cosa: calles sin asfaltar, calor de cuarenta grados en diciembre, polvo rojo que se mete en todo, gallinas sueltas, camiones de la carretera de Nata que pasan desde las cinco de la mañana, y cortes de luz que duran lo justo para que se descongele lo que haya en el congelador — si tienes congelador, que no todo el mundo. En las afueras, los elefantes cruzan carreteras y rompen cercas de huertos. Mansa ha aprendido a ir por el otro lado cuando hay manada en la carretera de Shorobe. No es miedo — es costumbre.
El barrio de Boseja está al este, donde las casas son de bloque de cemento con techo de chapa y los patios de tierra tienen tendedero, una silla de plástico y un bidón azul para almacenar agua. La casa de Mansa tiene dos habitaciones, una cocina con fogón de gas y un patio donde su madre tiende la ropa. El río Thamalakane pasa a diez minutos caminando. Mansa va allí por las tardes, cuando la dejan, y se sienta debajo de un árbol de salchicha — Kigelia africana, con esos frutos enormes colgando como lámparas — a tirar piedras al agua y mirar pájaros. No hace nada útil. No lo necesita.