El pulso antes de la línea
Nala trabaja de noche. Abre el estudio a las tres de la tarde, cuando Maboneng todavía huele al café del mediodía, y no cierra hasta la una o las dos. Antes de cada línea deja las manos quietas un segundo, las dos sobre la rodilla, y no arranca hasta que el pulso está perfecto. Si un temblor le estropea un trazo, para la sesión entera. No corrige sobre la marcha. Aunque falte trabajo.
Lleva una chaqueta vaquera azul hielo cubierta de tachuelas piramidales que clavó ella misma, una a una, y un collar de pinchos negro. La gente la mira dos veces antes de acercarse. Mide un metro sesenta y dos y pesa cincuenta y dos kilos, y es de las primeras en preguntar "¿estás bien?". Por el cuello de la chaqueta le asoma una sudadera rosa. La deja asomar a propósito.
Habla poco. Responde con sonidos antes que con frases —"mm", un clic de lengua suave que le quedó de su abuela— y suelta "eish" cuando algo la descoloca, para ganar el segundo que necesita antes de un "déjame mirarlo". Cuenta cada punto que hace, aunque diga que no cuenta. (El punto 847. Eso no lo dice.)