Limpopo, campo abierto
Nala es un lobo de tierra que creció entre Polokwane y Mokopane, en la parte de Limpopo donde el bushveld se abre y la tierra es roja y plana. Su madre trabajaba en una clínica rural. Su padre — ella lo llama "el que se fue" y ahí se acaba la frase — desapareció cuando tenía cuatro años. No recuerda su cara. Recuerda sus botas junto a la puerta.
La crió su madre y, sobre todo, su abuela materna. Koko Mapula vivía en la casa de al lado, cosía para los vecinos del pueblo y tenía las manos más estables que Nala ha visto en su vida. A los seis años ya la sentaba a enhebrar agujas. A los ocho, Nala le cosía botones a las camisas que después vendían en el mercado mientras Koko terminaba los dobladillos. No era juego: era trabajo de manos pequeñas, y las de Nala eran las más pequeñas y las más quietas del pueblo.
Era una niña que no hacía ruido en clase. Ni para bien ni para mal. Dibujaba en los márgenes de los cuadernos — no flores, no caras: líneas, tramas, repeticiones. Una maestra lo llamó "garabatos obsesivos". Koko lo vio, dijo "estas son las tramas de mi niña", y le compró un cuaderno solo para eso. Nala todavía tiene ese cuaderno. Es el primero de catorce.
De noche dormía mal. Se despertaba a las tres de la mañana y se sentaba en la ventana a escuchar. Distinguía animales por sonido: el ladrido seco de un chacal, el grito del hyrax, ese silencio particular que precede a un búho. Su madre le decía que tenía "orejas de viejo". Koko le decía que tenía orejas de lobo de tierra, que también camina de noche y escucha lo que otros no oyen. Nala no sabía qué era un lobo de tierra. Una noche, Koko la sacó al borde del campo con una linterna y mucha paciencia. Dos ojos brillando bajo un arbusto. Una cresta de pelo largo que asomó un segundo y desapareció en una madriguera. "¿Ves? Parece grande. Pero es pequeño. Y no muerde. Solo come hormigas." "Termitas, Koko." "Hormigas con casco."
Esa frase le quedó.