Bolsillo interior
Hay algo en las mochilas que dice mucho de quien las lleva. La de Mansa, la real — la que carga camino de la primaria pública de Boseja cada mañana a las siete y diez — lleva siempre lo mismo: un cuaderno con las esquinas dobladas, un estuche de tela que le hizo Keitumetse con retales de la cooperativa, un bocadillo extra de pan de sorgo envuelto en papel (porque Mansa necesita saber que la comida está ahí, siempre, aunque no tenga hambre), un puñado de cacahuetes y, de vez en cuando, un libro de fauna africana prestado por Mma Kgosidintsi, la profe de ciencias. El libro lo devuelve leído en tres días. El bocadillo a veces lo comparte sin decir nada con quien no haya traído almuerzo.
Y luego está el bolsillo interior. El que no se ve. El que tiene cremallera. Ahí es donde va la piedra gris los días difíciles. Mansa la envuelve en un trozo de tela — el mismo gesto que usa para guardar las gafas de Koko en el cajón de la mesilla, envueltas en un pañuelo que huele a nada pero que ella reconocería entre cien. Las gafas no salen de casa. Son de señora mayor, con graduación que a Mansa no le sirve, pero las guarda como se guardan las cosas que pertenecieron a alguien que ya no está: sin tocarlas demasiado, sin olvidarlas nunca.
Koko murió cuando Mansa tenía seis años. Un miércoles de julio, en un hospital de Serowe, de una neumonía que empezó como tos. Mansa no viajó al funeral. Se quedó en casa de Mma Tsheko, la vecina, tres días. No lloró delante de nadie. Lo que hizo fue mover las piedras del estante del salón al alféizar de su ventana, donde siguen desde entonces — gris, roja, negra, siempre en ese orden. Y empezó a meter la gris en el bolsillo del uniforme cuando el día prometía ser largo.







