Debajo del árbol de salchicha
El río Thamalakane pasa a diez minutos caminando desde el barrio de Boseja, donde Mansa vive con su madre. Por las tardes, cuando la dejan, baja hasta la orilla y se sienta debajo de una Kigelia africana — el árbol de salchicha, con esos frutos enormes que cuelgan como lámparas de un techo invisible. Ahí no hace nada útil. Tira piedras al agua, mira pájaros, y lee.
Los libros se los presta Mma Kgosidintsi, su profesora de ciencias. Cuarenta y pocos, gafas, seria. Tiene una estantería en el aula con guías de fauna africana que va rotando según la alumna — porque Mansa los devuelve leídos en tres días y Mma Kgosidintsi ya sabe que necesita el siguiente preparado. No son libros infantiles: son manuales con láminas, nombres científicos, mapas de distribución. Mansa los lee con la misma atención que le pone a las tres piedras de su alféizar. Despacio. Sin saltarse páginas.
Lo que lee se queda. Tiene ese tipo de memoria que su madre describe con una mezcla de orgullo y agotamiento: se acuerda de conversaciones enteras, de promesas hechas hace meses, de la página exacta donde aparecía el águila marcial. A veces, camino al colegio, para en la tienda de Rra Otsile y le cuenta algo que leyó. Rra Otsile escucha con atención, le da su chappie de fresa de cada día, y pregunta: «¿Y eso es verdad?» Mansa asiente, seria, y sigue andando.







