La margarita torcida
El jersey rosa que Mansa lleva en el retrato no es una prenda comprada. Keitumetse — su madre, costurera en una cooperativa textil de Maun, Botsuana — empezó a tejerlo durante el embarazo. Lana rosa pastel, punto grueso, cuello redondo. Se quedó sin lana a medio camino y lo metió en un cajón. Siete años después, encontró lana del mismo tono en una tienda de Nata — a tres horas por carretera — y lo terminó en tres meses, tejiendo por las noches después de acostar a Mansa.
Las margaritas las bordó encima: pétalos blancos, centro amarillo, como las gazanias que brotan en el Kalahari después de las primeras lluvias. Cuando se lo dio a Mansa — un sábado de junio, sin envolver, sin ceremonia — Mansa miró cada margarita, tocó un punto irregular en el cuello izquierdo donde Keitumetse cambió de aguja siete años atrás, y preguntó: «¿Puedo coser una?»
La última margarita, abajo a la izquierda, está ligeramente torcida. La cosió Mansa. Es la que más le gusta.







