Antes de apagar la luz
En el alféizar de la ventana de Mansa, en el barrio de Boseja, en Maun, hay tres piedras. La gris con vetas blancas. La rojiza. La negra, lisa como un huevo. Llevan ahí tres años, siempre en ese orden, y nadie las mueve. Ni Keitumetse — su madre —, ni Mma Tsheko — la vecina que cuida de ella cuando su madre trabaja de noche —, ni la propia Mansa. Porque el orden es el orden.
Las recogió del lecho seco del río Lotsane, en Serowe, a cuatrocientos kilómetros al sureste de Maun. Tenía cuatro años. Estaba con su abuela Koko — una mujer shona, práctica, que sabía qué piedras sirven para afilar, cuáles para moler y cuáles son simplemente bonitas. Koko lavó las piedras con ella en un cubo de plástico y le dijo algo que Mansa repite aún a veces en voz baja: «Cuando eches de menos algo, toca una piedra. La piedra no se mueve. Tú tampoco.»
Koko murió cuando Mansa tenía seis años. Un miércoles de julio, en el hospital de Serowe, de una neumonía que empezó como tos. Mansa no viajó al funeral. Se quedó tres días en casa de la vecina. No lloró delante de nadie. Cuando Keitumetse volvió, Mansa pidió las gafas de leer de Koko — graduación de señora mayor, inútiles para una niña — y las guardó en el cajón de la mesilla, envueltas en un pañuelo. Esa misma noche movió las piedras del estante del salón al alféizar de su habitación.







