Ee mma
En el patio de la primaria pública de Boseja, cuando hay lío — quién va primero en la fila, quién ha copiado a quién, quién ha dicho algo feo sobre la madre de alguien —, los niños no van al profesor. Van a Mansa. Ella escucha a las dos partes. No interrumpe. Piensa un momento, a veces largo, y dice algo. La directora le dijo una vez que era como una jueza. Mansa se tocó la oreja izquierda — lo hace cuando no sabe qué hacer con un cumplido — y volvió a su sitio sin contestar.
Lo que hace Mansa tiene una explicación sencilla: memoria. Los elefantes africanos de sabana tienen un hipocampo que no olvida: conversaciones, caras, promesas, fechas. Mansa recuerda quién empezó la pelea de la semana pasada, qué dijo cada uno y si alguien pidió perdón o no. Eso le da una ventaja enorme cuando media: no necesita que le cuenten la versión larga porque ya la tiene. Y los niños lo saben. Por eso no le mienten — o al menos no le mienten dos veces.
Su amiga Bontle es la que más recurre a ella, aunque no para peleas propias. Bontle habla por las dos: es la que arrastra a Mansa a jugar cuando Mansa preferiría quedarse leyendo, la que negocia con otros grupos del patio, la que dice en voz alta lo que Mansa solo piensa. Se pelean y se reconcilian cada semana, a veces en el mismo recreo. Pero hay un gesto que no falla: cuando Bontle no ha traído almuerzo — pasa de vez en cuando —, Mansa saca el bocadillo extra de su mochila. Pan de sorgo y cacahuetes. Lo parte por la mitad sin decir nada y le da la parte más grande. No lo anuncia. No espera que se lo agradezcan. Lo hace porque la comida no se tira y porque si alguien no tiene, se comparte. Así de simple.







