Cuarenta segundos a seis metros
Cuarenta segundos. Eso duró, y eso es lo que Lowanna lleva queriendo repetir desde entonces. Era una jornada de campo con el equipo de biólogos de Flinders en las Neptune Islands, a setenta kilómetros al sur de Port Lincoln, una operación de marcaje. Ella estaba en el agua con un snorkel, sin jaula, para observación de superficie. Un tiburón blanco adulto de cuatro metros pasó a seis metros de ella, y ninguno de los dos se movió.
Él la miró —los tiburones blancos sostienen la mirada, buscan los ojos— y siguió su ruta. Lowanna salió del agua con una calma que el equipo no supo interpretar. No dijo nada en todo el trayecto de vuelta. Esa noche, sola en su estudio de la calle Liverpool, se sentó en el suelo y sonrió durante diez minutos seguidos.
Encajaba. Por primera vez, algo encajaba del todo. No sabría explicarlo, y no lo intenta: fue agua fría, silencio y un animal de los suyos que la reconoció sin juzgarla. Quiere volver a hacerlo alguna vez por ella, no por trabajo. Una sola vez, sin equipo detrás, sin parte que rellenar después. Lo tiene guardado como quien guarda una deuda pendiente con uno mismo.