Doscientos
La técnica del pan viene de Koko, la abuela paterna de Mansa. Shona de origen, de Serowe, a cuatrocientos kilómetros al sureste. Koko sabía qué piedras sirven para afilar, cuáles para moler y cuáles son simplemente bonitas. Y sabía hacer pan de sorgo en una olla de hierro sobre carbón: masa amasada durante veinte minutos, olla precalentada, fuego bajo. Keitumetse heredó la receta y la repite cada sábado con Mansa al lado.
Mansa cuenta en voz baja mientras amasan. Uno, dos, tres. Hasta doscientos. No es un capricho: los elefantes africanos tienen una capacidad cognitiva documentada para procesar cantidades. Mansa lo hace sin saber que lo hace por instinto y por memoria. Contar es su forma de medir el tiempo. De saber que la masa está lista sin mirar el reloj. De mantenerse concentrada mientras sus manos — que todavía son manos de niña, pequeñas comparadas con las de su madre — trabajan la mezcla contra la superficie de la mesa.
La olla de hierro es la misma que usaba Koko. Es pesada. Mansa no puede levantarla sola. Keitumetse la coloca sobre el fogón y Mansa vigila el fuego. El resultado no siempre sale. A veces la corteza queda demasiado gruesa, a veces el centro se queda crudo. No importa. Lo que importa es que los sábados huelen a sorgo, a carbón y a las manos de su madre.







