De casa al puente
Mansa tiene ocho años, vive en el barrio de Boseja, en Maun, Botsuana, y cada mañana sale de casa a las siete y diez. La ruta no cambia. Nunca cambia. Sale por la puerta, gira a la izquierda, pasa el descampado donde los perros duermen amontonados contra la pared de bloques y cruza el puente sobre el Thamalakane — el río que bordea el este de Maun y que a veces lleva agua y a veces lleva polvo. Desde el puente se ven los árboles de la otra orilla y, si la mañana está limpia, el reflejo naranja del sol sobre el barro. Mansa no mira el paisaje. Lo que mira es la tienda de Rra Otsile, justo después del puente, a la derecha.
Rra Otsile tiene setenta años, una tienda del tamaño de un contenedor de obra y la costumbre de guardarle a Mansa un chappie de fresa cada día. Chappie es un chicle barato, con sabor artificial y papel encerado que se pega a los dedos. En Botsuana lo venden en cualquier tuck shop por unas monedas. Para Mansa es parte de la ruta: puente, tienda, «Ee rra» — buenos días, señor —, chicle, colegio. Si un día no tiene de fresa, Mansa acepta el de uva sin decir nada. Pero se le nota.
A veces se para un momento y le cuenta algo que leyó en un libro de fauna que le prestó su profesora de ciencias. Rra Otsile escucha, asiente y pregunta: «¿Y eso es verdad?» Mansa asiente, seria, y sigue caminando.







