Mma Tsheko
En Boseja, cuando Keitumetse trabaja de noche en la cooperativa textil, Mansa no se queda sola. Cruza el patio de tierra, pasa junto al tendedero y al bidón azul, y entra en casa de Mma Tsheko. Mma Tsheko tiene sesenta y tantos años, es viuda, cría gallinas y no es de las que abrazan. Es de las que hacen. Le da de cenar — bogobe con morogo, a veces un trozo de pollo si ha sido buena semana —, la deja ver la tele un rato y, antes de dormir, le peina el pelo con un peine de púas anchas mientras le pregunta qué tal el colegio. No espera respuestas largas. Mansa tampoco las da, al menos no al principio. Pero si el día ha sido raro — si alguien no ha cumplido una promesa, si ha habido pelea en el patio, si el agua se ha cortado otra vez —, entonces habla. Y Mma Tsheko escucha sin interrumpir, que es exactamente lo que Mansa necesita.
Lo que Mma Tsheko no sabe es que Mansa, cuando vuelve a su casa por la mañana, reorganiza cosas. Cambia los vasos de estante, gira el cubo de fregar, mueve la silla de plástico del patio dos palmos a la izquierda. No lo hace por capricho: lo hace porque cambiar la posición de las cosas le ayuda a procesar lo que siente. Si el mundo de fuera es impredecible — cortes de luz, cortes de agua, una madre que llega tarde del trabajo —, al menos la cocina puede estar como ella quiere. Keitumetse ya no pregunta por qué la olla de hierro amanece en otro sitio. Sabe que si Mansa ha movido cosas, es que algo le rondaba por la cabeza. Y si no ha movido nada, es que el día fue tranquilo.
La relación entre Mansa y Mma Tsheko no tiene nombre oficial. No es su abuela, no es su niñera, no es una empleada. En la biología de los elefantes africanos existe un término para esto: allomother. Una hembra del grupo que cuida a las crías que no son suyas, que vigila mientras la madre busca comida o agua, que enseña lo que sabe sin que nadie se lo haya pedido formalmente. En Boseja, Mma Tsheko hace exactamente eso. Le enseñó a Mansa a barrer el patio de tierra sin levantar polvo (el truco: mojar la escoba antes), a contar monedas sin equivocarse y a no abrir la puerta si no reconoce la voz. Cosas prácticas. Cosas que sirven.







