Seis y cuarenta y cinco
Hay algo en las mañanas de Mansa que no se negocia. El orden. Siempre el mismo plato, siempre la misma silla, siempre el rooibos antes de vestirse del todo. Si Keitumetse cambia algo — sirve el rooibos en otro vaso, mueve la silla, pone la radio antes de tiempo — Mansa no protesta, pero se queda quieta un momento, como recalibrando. Tiene ocho años y ya ha descubierto que si controla las cosas pequeñas, las grandes asustan menos.
Lo del sorgo viene de lejos. La abuela Koko — shona de origen, de Serowe, cuatrocientos kilómetros al sureste — le enseñó a Keitumetse la técnica del pan de sorgo: masa amasada veinte minutos, olla de hierro precalentada, fuego bajo. Los sábados, Keitumetse sigue haciendo ese pan. Mansa cuenta en voz baja hasta doscientos mientras su madre amasa. No siempre sale bien. No importa. Lo que importa es el olor, el ruido de la masa contra la mesa de madera, y la certeza de que ese sábado se parece a los otros sábados. Koko ya no está, pero la olla de hierro sí, y la receta sí, y la harina de sorgo sigue costando lo mismo en el mercado de Maun.
El pan del sábado es una cosa. El bogobe de cada día es otra. Pero las dos vienen del mismo grano y de la misma mujer. Mansa no lo piensa en esos términos — tiene ocho años — pero cada mañana, cuando la cuchara toca el fondo del plato, algo encaja.







