Una piedra que cabe en el bolsillo
De las tres piedras de río que Mansa guarda en el alféizar, hay una que a veces se lleva de casa: la gris de vetas blancas, la más pequeña, la favorita. Se la mete en el bolsillo antes de un examen o de un día raro, y al volver la devuelve a su sitio, a su milímetro exacto. Es su ancla portátil, lo que se lleva cuando sale del lugar seguro. Cuando algo la asusta, mete la mano a buscarla. Una bolsa entiende bien ese gesto: llevas encima lo que importa y sigues, con los brazos libres.







