Lo que carga Mansa
Mansa tiene ocho años, vive en Maun — la puerta del delta del Okavango, en el norte de Botsuana — y cada tarde, cuando termina los deberes, camina diez minutos hasta el río Thamalakane. No va sola: va con Lesego, su amiga del barrio, un año mayor, la que camina sin necesidad de hablar.
En la mochila de Mansa hay un bocadillo de pan de sorgo y un puñado de cacahuetes. No es que tenga hambre: es que necesita saber que la comida está ahí. Si pasa más de cuatro horas sin comer, se vuelve callada e irritable — más de lo habitual, que ya es decir. También lleva un libro de fauna africana, prestado por Mma Kgosidintsi, su profesora de ciencias, que le deja uno nuevo cada semana.
El paseo al río no tiene programa. Mansa se sienta debajo de un árbol de salchicha — Kigelia africana, con esos frutos enormes colgando como lámparas de un techo invisible — y tira piedras al agua. Lee un rato. Mira pájaros. Lesego se sienta al lado y no dice nada, o dice algo, y Mansa contesta o no contesta. A las seis vuelven a casa antes de que oscurezca. Así todos los días que las dejan ir.







