A quince metros, mirándote
Tenía siete años y era verano cuando la abuela Soo-yeon se paró en seco en el bosque de Barabash. Había unas huellas frescas de leopardo en la nieve del sendero, grandes, hundidas, los bordes todavía limpios. Le hizo agacharse. Oler la marca. Seguir el rastro con los ojos hasta donde se perdía entre los abedules.
Él sabe que estás. Tú no sabes dónde está. Eso es respeto.
No vieron al animal. En ningún momento. Pero Jeong nunca ha olvidado la sensación exacta de saber que algo enorme y callado estaba a quince metros, mirándole, decidiendo si le dejaba pasar. La abuela no le contó ningún cuento bonito de camino a casa; le fue diciendo dónde no pisar, qué sonido significaba peligro, por qué el leopardo es más listo que el tigre. Reglas de monte, no morales.
De ahí sale todo lo demás. El oficio que tiene ahora, la manera de estar callado, la costumbre de mirar sin necesidad de tocar. A los siete años no sabía nada de eso. Solo supo, esa tarde, que quería volver a sentir aquello.