El zumbido antes del amanecer
Jeong, leopardo de Amur, saca el dron de la funda a las seis menos cuarto de la mañana. Menos veinticuatro grados. La batería ha pasado la noche dentro del saco de dormir porque si baja de cinco grados no arranca. Comprueba la carga tres veces seguidas, aunque la puso él mismo a cargar anoche. Lo hace siempre. Lo hará mañana.
El dron despega desde un claro en la pista forestal, a cuatro kilómetros de Barabash, y Jeong se queda de pie con el mando y la pantalla, el termo de café entre los pies, el casco de aviador bien calado y el borreguillo de la chaqueta subido hasta las orejas. El aire huele a resina de cedro y a nieve que lleva días sin moverse. Los árboles no hacen ruido. Él tampoco.
En la pantalla térmica, tres ciervos sika cruzan un arroyo helado a setecientos metros al sureste. Un zorro se mueve por la ladera norte. Jeong anota las coordenadas en la libreta con un lápiz que tiene que calentar entre los dedos cada dos minutos para que no se rompa la punta. No usa el portátil en el campo. Los mapas a mano le dan una lectura que la pantalla no da — la distancia entre dos puntos pasa por los dedos y se queda.
Lleva tres años haciendo esto. Desde los dieciocho.