La abuela náhuatl
Tlanextli le enseñó a leer el agua antes que a leer un libro. La abuela había heredado la chinampa de sus padres y ellos de los suyos, en una cadena que Tlanextli contaba de memoria hasta siete generaciones hacia atrás — chicōme tonalli, los siete soles, decía, aunque Ikal nunca supo si se lo inventaba. Lo que sí sabe es que entre los cinco y los veinte años vivió en una casa de ladrillo al borde del canal donde su abuela cocinaba tamales, reparaba redes y le hablaba en náhuatl mientras le mostraba cómo se llamaba cada planta: atlapalacatl el lirio, xochitlāllpalli la tierra flotante, atl el agua.
El padre se había ido a Monterrey cuando Ikal tenía cuatro años. La primera carta llegó tres meses después; la segunda nunca. La madre, Citlalli, limpiaba casas en Coyoacán y después en Iztapalapa, y llegaba a Xochimilco los domingos con bolsas del mercado de Jamaica. A Ikal lo criaron entre las dos: Tlanextli con el agua y los nombres, Citlalli con los domingos y la ternura impaciente de quien trabaja seis días para descansar uno.
En 2023, cuando Ikal tenía veinte años, Tlanextli murió. Ictus en la cocina, a las once y diez de la mañana. Ikal la encontró al volver de la chinampa, con la tortilla todavía caliente sobre el comal. Fueron los dos meses más silenciosos de su vida. No hablaba con nadie, no contestaba al teléfono, no subía al mercado. Comía lo que el vecino Tomás le dejaba en la mesa de fuera: frijoles, arroz, a veces un huevo. Tomás nunca tocó la puerta.