La tortilla todavía en el comal
Tlanextli murió cuando Ikal tenía veinte años. La encontró él, al volver del canal a media mañana, con la tortilla todavía en el comal y el comal todavía caliente. La abuela lo había criado desde los cuatro, cuando el padre se fue a Monterrey detrás de un trabajo de fábrica, mandó una carta a los tres meses y ninguna después. Ella le enseñó a leer el agua antes que a leer un libro, y los nombres de las plantas en náhuatl. Con ella se fueron unos cuantos de esos nombres, los que él tenía anotados a medias.
Pasó dos meses sin hablar con casi nadie, haciendo lo mínimo. Lo que lo sacó no fue una idea ni un consejo: fue un canal. Uno de los laterales estaba lleno de basura, y se puso a limpiarlo sin pensarlo mucho, hasta que vio las raíces de los ahuejotes sanas debajo del lodo. Se acuerda de haberlo pensado, con las manos moradas de frío: si esto sigue vivo, yo también.
No cambió casi nada de la casa. La foto de Tlanextli con las manos llenas de tierra sigue sobre la estufa. Es lo primero que se ve al entrar en la cocina, y él lo prefiere así.