Clasificar
Su trabajo es clasificar capturas. Bacalao, eglefino, carbonero, lo que llegue esa madrugada. Las piezas pasan por la cinta y Otto las separa por calidad, tamaño, frescura. Sabe distinguir un bacalao de dos días de uno de cuatro con las manos — algo en la textura de la piel, en cómo cede la carne al pulgar. Lleva en esto desde los diecinueve, cuando un veterano de Kirkenes que estaba a punto de jubilarse le puso las piezas delante y esperó a que las clasificara él solo. Sin explicar nada. Otto aprendió en tres semanas lo que otros tardaban meses.
El veterano se jubiló hace dos años. Antes de irse, empezó a dejar un tupper de sopa en la taquilla de Otto sin decir nada. Fue la época más difícil — Ragnhild acababa de morir y Otto había dejado de comer bien, aunque nadie en la planta sabía por qué. Otto tardó dos semanas en responder el gesto: dejó un paquete de galletas en la taquilla del otro. Desde entonces, su forma de cuidar a la gente copia exactamente ese modelo.
En la planta le dicen Otto a secas. Los conductores de los camiones frigoríficos le llaman "orejas", y tiene sentido. Otto oye cosas que los demás no oyen. El zumbido de un compresor que va a fallar. El clic del termostato cuando la cámara pierde medio grado. Una vez, a las cinco y cuarenta de la mañana, se paró en mitad de la nave, ladeó la cabeza y dijo "la cinta 3". Nadie entendió. Cuarenta segundos después, la cinta transportadora 3 se atascó. Desde entonces, cuando dice algo sobre una máquina, le hacen caso. No le preguntan cómo lo sabe.
Y a él no le gusta que le pregunten. No sabría explicarlo aunque quisiera. El zorro ártico detecta lemmings a través de diez centímetros de nieve solo por sonido. Hay estudios que sugieren que orienta el salto según el campo magnético de la Tierra. Otto no salta sobre roedores, pero esa capacidad de escuchar lo que está debajo de la superficie la lleva puesta. A veces es útil. A veces es demasiado.