La llamada de las seis
La llamada de la madre llegó a las seis de la mañana, justo al salir de la cámara. Otto, zorro ártico, todavía tenía el frío de menos veinte grados metido en la ropa cuando se enteró de que Ragnhild había muerto. No pidió el día. Se sentó en el banco del vestuario y se quedó quieto cuarenta minutos, las manos en los bolsillos, y luego volvió al turno.
Ragnhild era la reno-Kin que lo había criado por las tardes en Hammerfest mientras su madre hacía turnos largos. No era su madre ni pariente de sangre. Era la vecina mayor del sótano, la del huerto bajo lámparas y los botes etiquetados, la que le enseñó a distinguir un olor de fermentación de otro y a callar cuando el silencio valía más que cualquier explicación.
La semana siguiente cogió el autobús nocturno a Hammerfest, bajó tres cajas del sótano —semillas, conservas, un cuaderno de tapas duras— y volvió con ellas en el asiento de al lado. Tenía veinte años. Es la peor cosa que le ha pasado y todavía no la ha mirado de frente.