La vocación que llegó en motonieve
A los catorce, Benjamin era más alto que la mayoría de los chicos de su edad. Callado en clase, bueno con las manos. No le interesaba el fútbol ni el hockey, pero podía caminar horas por la tundra sin aburrirse. A veces solo, a veces con su primo David. Las caminatas eran silenciosas. Aprendió a leer el cielo y el viento no como habilidad sino como hábito: mirar arriba, mirar lejos, registrar.
A los dieciséis llegó a Igloolik un técnico de Environment Canada. Necesitaba a alguien local que le llevara en motonieve hasta una estación meteorológica automatizada en las afueras del pueblo. Benjamin se ofreció. Pasó tres días observando al técnico calibrar sensores, soldar conexiones, limpiar paneles solares, descargar datos climáticos. No dijo casi nada. Cuando volvió a casa, le dijo a su madre: «Quiero hacer eso.»
Terminó la secundaria y se mudó a Iqaluit a los dieciocho. Arctic College: dos años de instrumentación y electrónica. Iqaluit le pareció enorme —ocho mil personas, lo cual dice bastante sobre de dónde venía—. Compartía residencia con tres estudiantes. El ruido constante le ponía tenso: la cocina sucia, las conversaciones que no iban a ningún sitio, la televisión encendida a las once de la noche un martes. Pero la estructura del programa técnico le encajó: problemas concretos, soluciones verificables, cosas que funcionan o no funcionan.
Ahí conoció a la piloto. Ella hacía prácticas en First Air, hablaba mucho y se reía fuerte. Benjamin escuchaba. Conectaron porque ninguno fingía ser otra cosa. Quince años después siguen siendo amigos.