Cinco días solo en *Isachsen*
Tenía veintidós años y era su primera ruta larga: seis estaciones en las islas de la Reina Isabel, una detrás de otra, con el avión de recogida esperándole al final. En la tercera, Isachsen, en la isla Ellef Ringnes, el tiempo se cerró y el vuelo no llegó. Un día. Después otro. Al final, cinco. Las primeras cuarenta y ocho horas sin satélite, porque el viento le había doblado la antena. Comida para tres días estirada a cinco. Cuarenta y siete bajo cero. Un generador que arrancaba cuando le daba la gana y que reparó con lo que tenía a mano.
No fue el peligro lo que se le quedó dentro. Lo llevaba entrenado; sabía qué hacer con cada una de esas cosas por separado. Fue la claridad. Nunca había estado tan solo y nunca había pensado con tanta limpieza. Y algo que no le gustó reconocer: que no sintió prisa por volver.
Esa noche, cuando la antena volvió a dar señal, llamó a su madre y habló veinte minutos. El doble de lo normal. No le contó lo del generador ni lo de la comida estirada. Solo quería oírla un rato.