Las Smokies
Liam, oso negro americano, nació en una zona rural de las Great Smoky Mountains, en ese punto donde Carolina del Norte se disuelve en Tennessee y los límites del condado importan menos que la dirección del viento. Su madre trabajaba en un restaurante de carretera: turnos dobles, cocina de grasa y harina, café recalentado a las seis de la mañana. Su padre se fue cuando Liam tenía cinco años. Un día estaba y al siguiente no. Su madre nunca habló mal de él, pero tampoco dejó la puerta abierta.
Lo que quedó fue el bosque. Mientras su madre cubría turnos, Liam se metía por los senderos del monte: arroyos, troncos caídos, zarzales de verano que olían a tierra caliente y a fruta reventada contra el suelo. Antes de saber leer con fluidez ya distinguía las bayas comestibles de las que no. El oso negro americano tiene una superficie nasal cien veces mayor que la humana, y en Liam ese rasgo funciona así: no necesita probar nada para saber si está bien. Le basta con acercarse.
La cocina del restaurante de su madre fue su segunda casa. Olía a vinagre de sidra, a cebolla quemada, a la grasa vieja de la freidora que nadie limpiaba a tiempo. No era un sitio bonito. Era un sitio con olor propio, y eso a Liam le importaba más de lo que habría sabido explicar con dieciséis años.