El edificio que *respiraba*
A los catorce años, en un bloque de las afueras de Montpellier, Bruno oía música a través del techo. No la canción: una vibración que bajaba por las tuberías como si el edificio respirara. Una noche subió y llamó a la puerta de un vecino que había sido DJ. El vecino le prestó unos Sennheiser HD 25 y, por primera vez, oyó el espacio de una mezcla: la distancia entre el bombo y la voz, el aire que cabe dentro de un sonido. Ese día dejó de escuchar canciones y empezó a escuchar sonidos. Nadie en casa entendió qué le había cambiado, y él tampoco habría sabido explicarlo.
Antes de eso ya era el niño callado. El padre se había ido cuando él tenía cuatro años, sin explicación y sin drama; su madre, maestra de primaria, no hablaba del asunto y él tampoco preguntaba. Ahí aprendió, de golpe, su único método con lo que falta: no llenarlo, no perseguirlo, dejarlo donde está.
El vecino acabó mudándose. Los auriculares llevan años colgados de un clavo junto a la puerta de su estudio, ahora en Marsella. Ya no suenan bien. Nadie los descuelga. Siguen ahí.