Sonidos que nadie pide
Hay un mapa de Marsella pegado con cinta en la pared del baño de Bruno. Puntos rojos sobre calles, muelles, plazas. Cada uno marca un lugar donde ha grabado algo: el contenedor que se cierra en seco junto al puerto viejo, las gaviotas a las tres de la mañana sobre los mástiles, un grupo de jóvenes riendo en árabe al fondo de una calle de Noailles, el mistral contra las antenas del edificio de al lado.
Sale de noche, casi siempre solo, con una grabadora Zoom H5 y un micrófono omnidireccional. No hay horario fijo. A veces después de recoger cables en un concierto, a veces a las dos de la mañana porque no puede dormir. Camina despacio, se detiene, enciende la grabadora y espera. La emboscada paciente que aplica a su trabajo con bandas funciona igual en las calles vacías.
Su grabación favorita dura cuarenta minutos. El mistral golpeando los mástiles de los barcos en el dique del Pharo: viento, metal, una lata rodando por el muelle. La escucha cuando necesita recalibrarse después de un concierto especialmente ruidoso. Dice que no están listas para publicar. Llevan tres años sin estar listas. Suele pasar.







