Marsella en la piel
Quince minutos a pie separan el estudio de Bruno en Cours Julien del mercado de Noailles. Es el trayecto que hace casi cada mañana — tarde para el resto del mundo, pronto para alguien que desmonta escenarios hasta las dos. Noailles huele a especias y a fruta apilada en cajas de madera. Los puestos desbordan hacia la acera. Bruno va siempre al mismo lugar: una verdulera argelina que le guarda las berenjenas grandes porque sabe que cocina tajín. No hablan más de tres frases cada vez.
La mantis religiosa es un animal de espera. Puede permanecer inmóvil durante minutos enteros hasta que detecta exactamente lo que necesita. Bruno funciona igual en una tienda, en una calle o frente a una mesa de mezclas: observa, no interviene, y cuando actúa lo hace rápido y preciso. En el puesto de verduras, sabe qué quiere antes de llegar. Paga, asiente, se va. En el bar tunecino de debajo de su casa, el dueño le pone té a la menta sin preguntar porque lleva años sin necesitar pedirlo. Se toma el té, escucha las conversaciones de alrededor cuarenta minutos y sube. Nunca se han presentado formalmente.







