El motor del sábado
Alek frailecillo atlántico lleva las manos metidas en un motor Yamaha 25 caballos desde las siete y cuarto de la mañana. Es sábado. El taller de Grandi no abre los sábados, pero el pescador que trajo la lancha ayer necesita salir el lunes y el problema está en el sistema eléctrico. Alek no ha dicho que vendría. Ha venido.
El taller huele a aceite de dos tiempos y a café frío. Fuera, el viento del norte mete spray salado por la rendija de la puerta del muelle. Alek tiene el pañuelo negro subido hasta la nariz, no por el frío sino porque cuando se concentra le molesta el aire en la cara. Es un gesto que sus compañeros de taller conocen bien: pañuelo arriba, no me hables.
Encuentra el fallo a las nueve menos diez. Un cable pelado detrás del panel de instrumentos, en un sitio donde nadie mira porque hay que sacar tres tornillos y un soporte para llegar. El cable no se ha roto: se ha desgastado por roce contra una arandela mal colocada. Probablemente lleva meses así. Alek pela el extremo, empalma, aísla con cinta de vinilo y vuelve a montar el soporte. Prueba el circuito. Funciona. No anota nada.
Se quita el pañuelo, se sienta en el taburete de la entrada y se mira la mano derecha. La cicatriz de la quemadura sigue ahí, blanca e irregular, del pulgar a la muñeca. Hace seis años, en esta misma mesa, un cortocircuito le enseñó que los cables pelados no avisan.