La noche del Herjólfur
A los diecisiete se fue de Heimaey en el ferry de la noche, solo, con una bolsa de deporte y la caja de herramientas. El Herjólfur tarda treinta y cinco minutos en cruzar hasta Landeyjahöfn. Alek los pasó en cubierta, viendo la isla hacerse pequeña. No fue dramático. Fue necesario. En una isla de cuatro mil quinientas personas, coger el ferry y no volver hasta Navidad es lo que hace todo el que se va, y todos se van tarde o temprano; su hermano lo había hecho cinco años antes.
Se orientó por las luces del puerto del continente, que crecían despacio sobre el agua negra. De crío había pasado cada agosto haciendo justo lo contrario: devolver al mar a los que la luz confundía. Esa noche le tocó a él ir hacia la luz. No lo pensó así —lo pensó en la secuencia de siempre, soltar amarras, motor, maniobra, esa que todavía le calma cuando no puede dormir.
Llegó a Reikiavik con una dirección apuntada y el número del taller de Grandi, el puerto viejo, donde entró de ayudante esa misma semana. El primer mes durmió en el sofá de su hermano. Manos rápidas, boca cerrada, puntual. Encajó.