El jardín de las lagartijas
El principio venía de mucho antes, de un jardín. Con ocho años, en casa de su abuela, Bruno descubrió que si se quedaba absolutamente inmóvil, las lagartijas se le subían a los pies. Cuarenta minutos sin moverse; él dice una hora, exagera. No lo entendió con palabras, pero entendió algo: que quedarse quieto es una forma de dejar que el mundo se acerque. Ese fue su primer método, y le ha durado toda la vida.







