Un agujero con forma de furgoneta
Faiz tenía catorce años y vivía en Barka, ochenta kilómetros al oeste de Muscat, en una casa de bloques de hormigón donde su madre colgaba telas en el patio. En verano la casa se convertía en un horno y él dormía en el tejado, con las estrellas de Barka encima; fueron lo primero que aprendió a mirar de verdad. Un martes, la furgoneta de reparto de su padre no estaba en la puerta. Ibrahim se fue sin pelea, sin drama, sin una nota. Huda no habló del tema. Los vecinos se cansaron de preguntar en diez días. El silencio, descubrió entonces, no siempre es discreción: a veces es un agujero con forma de furgoneta. No hubo un segundo sueldo. Su madre empezó a hacer más horas en la tienda de telas de Barka, donde despacha rollos de algodón y seda desde antes de que él naciera. A los dieciséis, Faiz dejó el colegio para entrar de ayudante en el taller de Yusuf, en Ruwi: una hora de autobús a la ida, otra a la vuelta, y ahí aprendió a dormir sentado. De aquella marcha no volvería a hablar con nadie. La lleva por debajo, como el zumbido de una emisora mal sintonizada que nunca termina de apagarse.