Las cuatro y media
Faiz se despierta sin alarma a las cuatro y media de la mañana. No es voluntad ni hábito entrenado — es una cosa del cuerpo que lleva ahí desde que tiene memoria. A esa hora Muscat no ha decidido todavía si va a ser un día soportable o uno de esos que parten el asfalto. El aire que entra por la ventana abierta del dormitorio huele a sal del puerto y a incienso del vecindario, el bakhoor que alguien ha quemado temprano o que simplemente nunca se fue del todo.
El zorro rojo árabe es crepuscular. En el desierto, sus picos de actividad coinciden con el amanecer y el atardecer, las dos horas en que la temperatura permite moverse sin pagar un precio demasiado alto. El cuerpo sigue prefiriendo la media luz, incluso en las ciudades costeras de Omán.
Faiz hace café en la cocina — turco, sin azúcar, en un cazo de cobre que compró por tres riales en el suq. Desde el taburete junto a la ventana ve el tráfico de Mutrah empezando a moverse: furgonetas de reparto, algún pescador que vuelve del puerto. Comprueba WhatsApp. Los trabajos del día. A veces tres, a veces seis. En verano puede haber diez.
Sale del piso a las cinco y cuarto. Tercer piso sin ascensor. La puerta tiene un pestillo que gira con la mano, sin llave. La vecina del segundo se lo ha dicho varias veces: que es peligroso. Faiz sonríe cada vez. Si alguien quiere entrar, entra. Pero él necesita poder salir.
Las madrigueras del zorro rojo árabe tienen entre dos y cuatro entradas. No es capricho — es supervivencia. El apartamento de Faiz funciona parecido. Lo eligió por las ventanas — grandes, orientadas al este, con ventilación cruzada — y por la cornisa del dormitorio, que da a un callejón y desde la que se puede bajar a la calle. No tiene aire acondicionado. Él, que instala y repara climatización por toda Muscat, vive con un ventilador de techo Usha de los noventa que reparó él mismo. Lo que dice, cuando alguien pregunta, es que el ventilador funciona bien. Y es verdad.