Los anillos, y pedir mirar *otra vez*
Tenía dieciséis años y fue en un acto del pueblo, cerca de Kouré. Alguien había montado un telescopio pequeño sobre una mesa y dejaba mirar por turnos. Ayana puso el ojo en el ocular y ahí estaban: los anillos de Saturno, nítidos, colgados en el negro como si alguien los hubiera dibujado y se hubiera ido. Los demás gritaron, hicieron la broma, pasaron al siguiente. Ella no gritó. Se apartó, esperó a que le tocara otra vez, y pidió mirar de nuevo. Y otra.
Ningún rayo, ninguna música. Solo un reconocimiento callado, de esos que tardan años en saber cómo se llaman. Cuando le preguntó al hombre de la mesa cómo se construía un aparato capaz de acercar así una cosa tan lejana, se encogió de hombros. No supo contestar. Ayana se guardó la pregunta entera —los anillos y el no-saber juntos— y se volvió a Niamey con ella dentro. Tardó años en averiguarlo sola. Pero empezó esa noche.