El motor que no termina
Lo que hace gracia de Alek está detrás de esa calma. En su historia repara cualquier avería que le lleven —un fueraborda, una radio de muelle, la bomba de achique de otro—, pero en su salón tiene un motor sacado de un contenedor, desmontado desde hace meses, al que le faltan dos piezas que podría pedir en cinco minutos y no pide. Terminarlo sería quedarse sin excusa para tenerlo ahí. Es su pequeña contradicción, la que lo hace entrañable: el que lo arregla todo menos lo suyo. Llevar puesto a ese frailecillo es llevar esa manera de estar.







