Diez bajo cero, ventana abierta
La sudadera de Alek, frailecillo atlántico, lleva el retrato del técnico de embarcaciones de Grandi impreso directamente sobre la tela. Alek repara motores fuera de borda y sistemas eléctricos de lanchas en el puerto viejo de Reykjavík. Viste chaleco vaquero sin mangas sobre un jersey de punto con franjas amarillas, blancas y rojas, y un pañuelo negro enrollado al cuello que se sube cuando necesita concentrarse.
En su semisótano de Vesturbær, a ocho minutos andando del taller, la ventana de la cocina está entreabierta aunque el termómetro marque diez bajo cero. Los visitantes se quejan. Alek no cierra. El aire fresco y húmedo del Atlántico es lo que le mantiene despierto a las seis de la mañana mientras prepara el café que se llevará en el termo de acero. En Heimaey, la isla de las Vestmannaeyjar donde creció entre ochocientas mil parejas de frailecillos anidando en los acantilados, el viento no paraba nunca. La calma total le incomoda, como una habitación sin sonido. Necesita ese movimiento constante del aire igual que necesita oler el salitre desde la cocina.
El pañuelo negro que lleva al cuello funciona como frontera. En el taller de Grandi, cuando Alek se lo sube hasta la nariz, sus compañeros saben que no deben hablarle. No es hostilidad: es que cuando trabaja en un circuito eléctrico o en un empaque de culata, el aire en la cara le distrae. Es un gesto que aprendió solo, sin pensarlo, y que ahora forma parte de cómo el taller lo lee. Pañuelo arriba: silencio. Pañuelo abajo: se puede preguntar. Hay una cicatriz de quemadura en su mano derecha, del pulgar a la muñeca, que se mira cuando piensa. Un cortocircuito a los diecinueve le enseñó que los cables pelados no avisan.







