El que se sienta a mirar
Hay una historia de Alek que va justo con esa edad en que uno decide quién es. Estuvo seis semanas sin poder trabajar y fue al taller igual, cada día, solo a mirar: veía qué atajos tomaban los demás, dónde perdían tiempo, qué herramienta estaba siempre mal puesta. No dijo nada en seis semanas. Cuando pudo, reorganizó el taller entero sin preguntar a nadie, y de pronto todo salía más rápido. Su jefe lo miró y dijo solo «bien». Ese mirar callado antes de moverse acaba siendo, muchas veces, la manera de mejorar las cosas.







