Quince segundos bajo una farola
Volvían del hawker centre por Toa Payoh Town Park, ya de noche, y Nur se paró en seco. Tenía cinco años. Señaló con la mano cerrada, sin decir nada, y Aminah tardó en ver lo que él ya miraba: en la base de un árbol, bajo una farola, un pangolín cruzaba el sendero. Salvaje. De los que casi no quedan por la ciudad. Se miraron. Quince segundos, puede que menos, el niño y el animal quietos, y luego la maleza se lo tragó sin un ruido. Aminah no llegó a verle la cola.
Esa noche Nur no durmió. No por miedo — se quedó despierto como se queda despierto siempre, mirando por la ventana, pero con algo dándole vueltas por dentro. Al día siguiente, en un folio, dibujó un pangolín por primera vez. Torcido, con demasiadas escamas, pero un pangolín.
Años después, si acaso lo cuenta, lo cuenta así: «Había otro. Como yo.» Y ya está. No explica qué quiso decir y nadie se lo pregunta. Los suyos son pocos y andan dispersos, cada vez más, aunque él todavía no sabe ponerlo en palabras. Aquella noche lo supo quince segundos y luego se le olvidó, que es como saben las cosas los niños de cinco años.