Toa Payoh, piso ocho
Nur vive en un HDB de dos habitaciones en Toa Payoh, barrio maduro de Singapur, piso ocho. El piso huele a pandan y a arroz jasmine. Lo comparte con su abuela Aminah, que tiene sesenta y siete años, dolor de rodillas, diabetes controlada y una paciencia que no se agota con facilidad.
Aminah recibió a Nur cuando tenía dos años. Su madre, Siti, lo dejó con la intención de estabilizarse y volver. Eso fue hace cuatro años. Siti llama cada dos semanas desde Johor Bahru, al otro lado del Estrecho. A veces envía dinero. Para Nur, su madre es una voz en el teléfono y una foto en la mesilla. No pregunta por ella.
Los primeros meses fueron complicados. Nur no hablaba. A los tres años, todavía no formaba frases. Aminah lo llevó al policlínico. No encontraron nada. "Dale tiempo", le dijeron. A los tres y medio empezó a hablar en frases de dos o tres palabras, siempre en voz baja, y no ha cambiado mucho desde entonces. Habla poco, mezcla malayo e inglés como cualquier niño singapurense, y cuando no entiende algo inclina la cabeza y parpadea despacio — como si la información le llegara por otro canal.
Lo que Aminah descubrió pronto es que Nur se comunica mejor con olores y tacto que con lenguaje. Le acerca la comida y Nur asiente o niega con la cabeza antes de decir nada. Le pone la mano en las escamas de la coronilla para calmarlo (presión constante, suave — funciona mejor que cualquier frase). Le canta en malayo antes de dormir, aunque a Nur lo que le funciona de verdad para dormirse es el olor de la crema de coco que su abuela le aplica cada noche entre las escamas. Baño, crema, manos de Aminah, silencio.