La casa donde duermen once
La casa de su madre está dentro del bosque, monte adentro desde la carretera de los Montes de Cristal, y tiene tres habitaciones. En temporada seca duermen once. Mengue reparte: quién en el cuarto de atrás, quién en la esterilla del pasillo, quién se aguanta en el banco de fuera porque llegó el último y llegó tarde. Nadie discute el reparto.
La comunidad entera pasa de las seiscientas personas. Es un número que en Owendo, cuando lo suelta, la gente no se cree del todo, así que hace años que dejó de soltarlo. Se sabe casi todos los nombres. No se sabe todas las caras, que es distinto, pero los nombres sí, porque van por casas y las casas van por madres.
Cuenta gente sin querer. Los que suben en cada apeadero, los que quedan en el vagón a las tres de la mañana, los que hay en la casa grande la primera noche que llega. Empezó con nueve años, contando cabezas porque su madre se lo mandó, y perdió la cuenta en sesenta tres veces seguidas hasta quedarse dormido. Ahora acierta casi siempre y no se lo dice a nadie.
En la comunidad no se habla de estar en peligro. Se dice que las casas del norte están más vacías que antes y que hay que subir más lejos para encontrar lo mismo, y se dice con el mismo tono con que se habla del tiempo. La primera noche de cada temporada seca hay un plato de esmalte azul de más en la mesa, con el borde saltado. Lo pone él, sin decir nada, y nadie lo comenta.