Cuaderno de retratos.
El retrato interesa porque la cara no sabe mentir del todo. Puede intentarlo —y a veces lo consigue un rato—, pero en algún momento algo se quiebra, y lo que aparece es lo que hay.
Eso es lo que llevo buscando desde que empecé a hacer fotografía. No el instante favorable. Ese otro.
La cara como territorio
Me interesa el retrato como forma de identificación. La cara del otro como espejo: la posibilidad de reconocerse en alguien a quien no conoces, o de reconocer en el desconocido algo que preferirías que no estuviera ahí.
Diane Arbus miraba a quien la sociedad prefería ignorar, y lo hacía de frente, sin distancia de seguridad. No convertía a nadie en caso ni en rareza: los miraba como iguales, y eso producía retratos en los que no podías quedarte fuera. Te metían dentro.
Richard Avedon llegó al mismo sitio por otro camino: eliminó el escenario, eliminó el contexto, dejó a la persona sola frente al fondo blanco. Sin nada a lo que aferrarse. Esa desnudez formal es despiadada, y también la más honesta que he encontrado. El decorado siempre ofrece una salida, algo hacia lo que desviar la mirada. Avedon la quitó. Lo que quedaba era la cara. Solo eso.
Los límites de lo real
Hay algo que conecta a Avedon con Arbus, y que Witkin lleva más lejos todavía: la convicción de que la cámara puede empujar hacia donde la conversación no llegaría. Joel-Peter Witkin trabaja con velos, con máscaras, con cuerpos que cuestionan lo que consideramos fotografiable. Sus fotografías no son cómodas. Lo que me interesa de él no es la provocación como fin: es la disposición a no apartar la cámara cuando aparece algo perturbador.
Esa idea —que la imagen puede sostener cosas que el naturalismo no sabe cómo contener— es lo que me llevó al fotomontaje. Me interesa como herramienta para tomar lo cotidiano —una cara, un gesto, algo completamente ordinario— y desplazarlo hacia el margen de la realidad. Hay un territorio justo ahí, entre lo que reconoces y lo que ya no puedes catalogar, que me parece el lugar más honesto para trabajar. En algunas de estas piezas hay veladuras, luz proyectada, elementos que no pertenecen al naturalismo de la toma directa. Es el idioma que encuentro más mío.
El gris y el cuadrado
Dentro de ese territorio, el blanco y negro y el cuadrado no son decisiones estéticas entre otras (aunque también lo sean, claro). El color mete ruido: hay tono de piel, hay ropa, hay ambiente, y la cara tiene que competir con todo eso. En gris, la salida de emergencia desaparece. Y el cuadrado iguala: un encuadre rectangular lleva jerarquía incorporada, lo que está arriba pesa más, los bordes invitan a escapar. El cuadrado no tiene privilegios de eje. El peso cae en el centro.
Los retratos de esta sección son algunos de los que he ido haciendo a lo largo de los años. Tengo muchos más sin publicar, de antes, de períodos que pertenecen a otros momentos. Comparto estos no porque sean los mejores, sino porque en cada uno, cuando los miro ahora, recuerdo por qué hice ese disparo. Las cámaras cambiaron —del material analógico de principios de los 2000 a las Hasselblad de los últimos años— pero no cambia lo que buscaba en cada cara.
Son 80. Blanco y negro, formato cuadrado, entre 2002 y 2022.
Lo que conviene saber.
Si has llegado hasta aquí y te preguntas qué es esto —qué son estos retratos, por qué en blanco y negro y en cuadrado, si se pueden comprar—, estas son las preguntas que más me hacen.