El agua que baja una vez al año
El uadi de Ghardaïa está seco casi siempre. Es una rambla ancha de piedra clara que cruza la ciudad por abajo y por la que la gente pasa andando como por una calle más. Después, un año cualquiera, baja lleno.
Tiziri tenía seis años la primera vez. Su madre las sacó a la calle a ella y a su hermana con la ropa de dormir puesta, y la ciudad entera estaba fuera, en los bordes, mirando romper el agua contra los diques. Abajo, en el valle, la crecida se va partiendo por canales y compuertas hasta que cada huerto del palmeral recibe la parte que le toca. El reparto está decidido desde hace siglos y se ejecuta a la vista de todo el mundo, con testigos, discutiendo la altura de una piedra si hace falta. En un sitio donde llueve así, el agua es lo único que se administra en público.
De aquella noche le queda el ruido: un rumor grueso y bajo que le llegaba por los pies antes que por las orejas y que siguió sonando cuando ya la habían metido en casa y apagado la luz.