Portón azul, las seis y media
A las seis y media la calle Lunga Lunga todavía huele a rocío y a diésel frío, y Nayna ya ha abierto el portón azul del taller. Lo pintó ella un sábado con un pincel de ferretería, y el letrero blanco de encima —NAYNA MOTORS— lo hizo a mano, así que las letras no salieron del todo derechas. No le importa. El suelo de cemento lo echó ella misma con un tutorial y una hormigonera prestada, tres fines de semana, antes de comprar siquiera un ventilador. Primero fue el compresor.
Hay media hora, hasta que llega Mwangi, en la que el taller es solo suyo: la luz entra baja por la puerta, el metal está frío y, sobre el banco, en un bote de aceite Castrol vacío, hay un ramo de claveles rojos que ha traído esta mañana. Un estornino soberbio se cuela por el hueco del techo, se posa en la viga y se va cuando quiere; Mwangi lo llama el Jefe. Apoyada en la pared del fondo está la Honda CB125 de diario. Y detrás, a medio desmontar, una Yamaha que todavía no es de nadie.