Las flores
A las cinco y media de la mañana, cuando Nairobi todavía no ha decidido qué va a ser hoy, Nayna ya está en la carretera. La Honda CB125 suena como suena una moto vieja que alguien ha cuidado bien: firme, un poco ronca, sin quejarse. Va al mercado de Wakulima. No a comprar fruta. Va a por flores.
Compra lo que haya. Rojas si puede. Un ramo pequeño, 150 chelines, a veces 200 si el tipo del puesto le ve la cara de que hoy las necesita más. Las lleva en la mano izquierda, apretadas contra el manillar, mientras sortea matatus vacíos por Haile Selassie Avenue. A las seis y cuarto ya está en Lunga Lunga Road, zona industrial de South B, abriendo el portón azul del taller con la mano que le queda libre. Lo primero que hace es poner las flores en un bote de aceite vacío sobre el banco de trabajo. Después, chai.
Empezó a hacer esto tres años atrás, poco después de que muriera su abuela. No lo planificó. Pasaba por el mercado, vio un ramo de claveles, se paró. Los compró sin saber para qué. Los puso en el taller. Al día siguiente volvió. Tres años después sigue sin saber exactamente por qué, y ha dejado de preguntárselo. Si alguien le pregunta, dice: "Porque me gusta." Si le preguntan por qué le gusta: nada. Silencio. Las flores están ahí y el taller tiene flores y eso es todo.