Ocho mil chelines
Ocho mil chelines kenianos. Eso es lo que pago Nayna por una Honda CB125 de 2008 que estaba más muerta que viva. Chasís torcido, motor fundido, depósito picado por la corrosion. Se la vendió un boda-boda llamado Ochieng — conductor de moto-taxi — que ya no sabia que hacer con ella. Ocho mil chelines era todo lo que Nayna tenia en ese momento. Tenia veinte años. Llevaba meses reparando motos en la acera, sin taller, sin local, con cuatro llaves y un destornillador. Los boda-boda de la zona le pagaban en efectivo, a veces en especie: un casco, medio depósito de gasolina, un plato de comida.
No siempre comia todos los dias. Pero cada noche apuntaba lo que habia ganado en una libreta cuadriculada.
La CB125 fue una apuesta que no tenia derecho a hacer. Pero Nayna no piensa en terminos de derecho. Piensa en terminos de: esto se puede arreglar o no se puede arreglar. Y esa moto se podia arreglar.







