Dirección sur
Los domingos que Nayna no trabaja — y son pocos — hace algo que para cualquiera que la conozca del taller resulta casí inverosímil: no toca una herramienta en todo el día. Coge la CB125, la Honda que reconstruyó ella misma con una linterna entre los dientes a los veinte años, y conduce hacia el sur. Pasa Syokimau, donde vive, una habitación en un tercero sin ascensor. Pasa Athi River, donde nació, donde su padre sigue en la puerta de casa viendo pasar camiones por la A109. Pasa la gasolinera. Y en algún punto, la carretera deja de ser carretera y empieza la tierra.
La llanura de Kitengela no tiene nada. Hierba corta, acacias espaciadas, un cielo que se abre en todas las direcciones. A veces cebras. A veces nada en absoluto. Nayna aparca la moto, se sienta en el suelo y mira. Una hora. Dos. No piensa en el taller ni en el alquiler ni en la Yamaha SR400 que lleva ocho meses desmontada en la trastienda. No piensa. Y eso, para alguien que trabaja en ráfagas de cuatro horas seguidas sin levantar la cabeza, es lo más parecido que tiene a un descanso real.
Hay algo en ese horizonte que se parece a cómo funciona ella: mucho espacio vacío y, cuando algo se mueve, todo se concentra en un punto. Los guepardos cazan así, aunque Nayna nunca usaría esa comparación. Lo que sí diría, si le preguntaras, es que necesita ver lejos de vez en cuando. Qué el taller de Lunga Lunga Road tiene las paredes a metro y medio y que hay días en que eso pesa. Y que la llanura es gratis.







