Las llaves
La bolsa tote de Nayna, guepardo de Nairobi, lleva su retrato estampado en una cara: la chaqueta biker negra, el pañuelo rojo con lunares de su abuela, la corona de flores. Es una bolsa con asas largas para llevar al hombro, y cabe lo que suele caber en una tote: lo del día.
En el taller de Nayna, en Lunga Lunga Road, zona industrial de South B, hay un panel de madera con herramientas colgadas. Cada herramienta tiene su sitio marcado. Nayna sabe si alguien ha tocado algo con solo mirar el panel al llegar por la mañana, a las seis y cuarto, después de comprar flores en el mercado de Wakulima y desayunar chai en el puesto de mama Amina. Pero las herramientas que más importan no están en el panel. Están en una caja de metal bajo el banco de trabajo: un juego de llaves fijas Gedore, viejas, con las marcas de uso de su padre debajo de las suyas.
Su padre reparaba camiones en la carretera Nairobi-Mombasa, la A109. Antes del accidente — un camión cisterna le pasó por encima del pie izquierdo a los catorce años de Nayna — esas llaves Gedore eran las suyas. Después dejó de poder trabajar debajo de un chasís. Las herramientas se quedaron en casa. Nayna empezó a usarlas con las bicicletas del barrio, después con motos de boda-boda. Las llevó a Nairobi cuando se fue a los dieciocho. Las usó en el taller de Kamau, el tipo que le descontó 3.000 chelines por una llave que él mismo había guardado en su cajón. Las usó en la acera, cuando reparaba motos sin techo y con cuatro herramientas, durante los tres meses peores. Y las sigue usando ahora, cada día, en su propio taller.







