El muelle a las siete
Los viernes al atardecer, Lowanna baja al muelle de Port Lincoln. Siempre. Llueva, haga viento del sur, haga ese calor seco del interior que a veces llega hasta la costa y te deja la boca pastosa. Los viernes son viernes.
Son cinco socorristas y dos pescadores. A veces seis y tres, depende de la temporada. Y alguien trae una esky — la nevera portátil que en Australia es prácticamente mobiliario urbano — con cervezas, agua, algún refresco. Se sientan en el borde del muelle con las piernas colgando o en las cajas de plástico que los pescadores dejan apoyadas contra la barandilla. No hay mesa. No hay protocolo. El muelle a esa hora es de ellos porque nadie más baja.
Port Lincoln tiene quince mil habitantes. La industria atunera, el puerto, las Neptune Islands a setenta kilómetros al sur. Es un pueblo donde todo el mundo sabe más o menos qué hace todo el mundo, y donde el muelle a las siete de la tarde de un viernes es lo más parecido a un bar sin paredes que vas a encontrar.







