Pasa por delante cada noche
Cuando el sol deja de pegar sale del canal, se seca andando y coge el capacho. Del cobertizo al pie del barranco baja un sendero de tierra en dos tramos, y a mitad de bajada, arriba a la derecha, está la estaca.
Esa estaca la clavó él. En su día marcaba por dónde iba el borde del barranco y servía para acordarse de hasta dónde se podía cavar. Ahora el borde ha llegado hasta ella. Le queda metro y medio de tierra por delante, y luego el aire, y luego el río.
Pasa por ahí todas las noches con el capacho al hombro y la estaca sigue donde la puso. Cuando alguien se la señala, contesta que ya la moverá. Lo dice sin levantar la vista y sigue bajando. Lleva tres crecidas diciéndolo.
Abajo, al pie mismo del barranco, la arcilla sale gris y pegajosa y se corta con la azada como queso viejo. La echa en la poza, se descalza y la pisa. Sabe si lleva arena antes de que le llegue a media pantorrilla: si cruje, la aparta con el pie a un lado y va a por más; si se abre al levantar el pie, está en su punto.
Llena la gavera, la vuelca en la fila, le da un golpe seco al canto para soltarla y pasa a la siguiente. Doscientos, trescientos, los que salgan. Termina cuando hay luz.