Dos golpes y escucha
Las casas de Longyearbyen no se apoyan en el suelo. Están levantadas sobre pilotes clavados en un terreno que se hiela y se descongela y que, cuando le da por moverse, se lleva la casa consigo. Las tuberías van por encima, metidas en cajones de madera, porque enterrarlas tampoco es una opción. Hakon Bendiksen entra en una de esas casas, se queda de pie en el recibidor y da dos golpes de nudillo en la pared. Luego espera un segundo, escuchando, antes de tocar nada.
Lo hace también en casas que no va a arreglar. En la de su madre lo hace en el mismo sitio, junto al marco de la puerta de atrás, y ya nadie se lo comenta.
Es carpintero. Apuntala, calza y renivela, y en el pueblo eso quiere decir que cuando una esquina empieza a bajar lo llaman a él antes de llamar a nadie. Trabaja en las tres filas de casas de la ladera y en dos naves del muelle, y de vez en cuando le cae un cajón de tubería con la tapa reventada por el hielo.
Un trabajo suyo es siempre el mismo trabajo. Abrir por debajo, despejar, meter el gato hidráulico junto al pilote, subir poco y despacio, calzar, bajar el gato, medir. Si el número no cuadra, sacar la cuña, cortar otra y repetir. La parte que dura es la de arrastrarse por debajo sobre plástico con una linterna en la boca, y esa parte no la cuenta.