Þetta reddast
A Hrafn le dieron la ruta que nadie quería y lleva seis años sin soltarla. Sale de la oficina de Seyðisfjörður cuando todavía está oscuro, hace el pueblo a pie —la calle pintada de colores que baja hasta la iglesia azul, las casas de chapa ondulada, los buzones que se abren hacia arriba— y después coge la furgoneta y se mete valle adentro. Granjas del Fjarðará, las casas de Vestdalur, y arriba del todo el paso de Fjarðarheiði, seiscientos metros de nada, la única carretera que une el fiordo con el resto de la isla. En invierno el paso se cierra. A veces un día, a veces tres semanas. Cuando abre, sube. Lo dice sin darle importancia, encogiéndose de hombros dentro de la chaqueta de faena gris: þetta reddast, ya se arreglará. En su boca no es optimismo, es aritmética. Si hoy no, mañana; si mañana no, el jueves. Lleva el parte del tiempo aprendido de memoria a las seis de la mañana y comprueba las ruedas dos veces antes de arrancar, todos los días, incluso en junio. De eso no habla. Del paso, en general, habla poco.