La lista se la sabe entera
Kiri es matrona en Whenua Hou, una isla de catorce kilómetros cuadrados frente a la costa de Rakiura, en el extremo sur de Nueva Zelanda. Atiende los partos del pueblo kakapo, y el pueblo kakapo entero —el del mundo entero, no el de la comarca— no llega a las trescientas personas.
Cuando alguien de fuera le pregunta a cuánta gente atiende, ella contesta con el número exacto. Doscientos treinta y cuatro. Si el visitante insiste, extrañado, Kiri añade que se sabe la lista entera, con los nombres, y que eso no tiene ningún mérito. Tampoco lo tiene: cuando un pueblo cabe en un cuaderno, saberse los nombres es sencillamente cómo se lleva la cuenta.
Lo que sí tiene consecuencias es lo otro, lo que el visitante nunca acaba de entender del todo. Cada persona que nace en esa isla cambia el censo de un pueblo completo. No el de un valle ni el de una región. El de una especie.
Kiri lo sabe desde siempre y jamás lo diría con esas palabras, porque le sonaría a discurso. En lugar de eso se pone la chaqueta, coge el maletín y sale.
A los de su pueblo se les tiene por lentos, raros y un poco de museo, gente a la que hay que cuidar antes que gente con la que contar. A Kiri le molesta bastante menos el desprecio que la compasión. Cuando alguien de fuera habla de los suyos en ese tono, contesta con datos y en un tono neutro que corta más que la brusquedad.