Ponme la hora exacta
Naoko Mochizuki llega al muelle exterior del puerto de Numazu a las seis y diez, con el maletín en la mano izquierda y el coche de empresa aparcado marcha atrás, como siempre. El carguero que tiene que peritar entró de madrugada escorado a estribor y desde entonces está con las bombas puestas. El armador la espera al pie de la pasarela y empieza a contarle lo que pasó antes de que ella haya puesto un pie a bordo.
—Ponme la hora exacta —dice ella.
El armador le da una hora redonda. Ella pide que se la repita con los minutos, la anota, repite el número en voz baja y solo entonces abre el maletín.
Dentro hay una cinta métrica de tres metros, un juego de lápices duros, dos bolsas de plástico transparente, un puñado de bridas y una lámpara de mesa pequeña con la pantalla abollada. La lámpara es lo primero que saca.
Es perito tasadora de siniestros marítimos de la Mutua de Armadores de Suruga y lleva veinte años en la misma delegación. La flota de altura de Numazu es media cartera; el resto son cargueros de cabotaje, remolcadores y dragas. Sube a bordo cuando algo ha ido mal: una bodega anegada, un palangre enredado en la hélice, un arrastrero que tocó fondo en la bocana. Baja, mide, fotografía a un palmo de distancia y escribe un informe. El informe decide si se cobra.
Los otros peritos de la delegación se reconocen porque hacen las fotos desde la puerta del compartimento. Las de ella están hechas pegadas a la chapa, con la lámpara puesta encima de lo que se mide, y se distinguen a primera vista en cualquier expediente.