Un reloj no se mira
Gavino abre el taller cuando el resto de Nuoro cierra. Un bajo alquilado en Séuna, el barrio viejo de la ciudad, con una persiana que chirría y una campanilla en la puerta que solo suena de madrugada. Trabaja con la pajarita y el chaleco de espiga puestos aunque no espere a nadie, porque para él sentarse al banco es sentarse a algo serio. Entra un vecino con un reloj de pulsera que se para y arranca, se para y arranca, y no sabe por qué. Gavino no lo abre. Se lo acerca a la oreja, ladea la cabeza, cierra los ojos. Medio segundo. «La rueda de escape», dice, y todavía no ha tocado un tornillo. Un reloj no se mira, se escucha. Lo suelta como quien da los buenos días. El vecino se ríe, incrédulo, hasta que Gavino destapa la máquina y ahí está, la rueda de escape, exactamente donde dijo. Cobra poco por eso. A los mayores del barrio, que le traen relojes que no valen el arreglo solo por tener con quién hablar al anochecer, muchas veces no les cobra nada. Les da conversación y les devuelve la máquina andando. Con eso le basta.