El paso atrás antes de abrir
Son las seis y el mercado de La Laguna está todavía medio vacío. Yeray descarga los cubos, echa agua limpia y coloca la flor por color: los amarillos a un lado, los morados enfrente, un poco de verde para bajar un rojo que si no grita demasiado. Cuando la línea de color le gusta, se aparta un paso y la mira antes de dejar entrar a nadie. Es lo más cerca del orgullo que se permite.
El puesto es suyo desde los veinticuatro. Pequeño, en una esquina del mercado municipal, con la mesa de atar, el toldo y los cubos de repuesto debajo. Lo montó él mismo, cubo a cubo, y la primera mañana hizo exactamente esto: se apartó y lo miró antes de abrir. Lo sigue haciendo cada día. No lo hace por manía; si el puesto se sostiene solo, con el color en su sitio, él sostiene mejor lo de dentro.
Es canario atlántico, tiene treinta y uno y vive en el casco viejo de La Laguna, a unas calles del mercado. Por la voz —ligera, suave— le echan menos años de los que tiene. Se presenta sin adornos: «Yeray, hago flores». Sin títulos, sin gusto de artista. Hace flores.