La libreta donde el viento tiene nombre
Yeray, el canario atlántico, abre su libreta en cuanto cruza el umbral de casa. Papel cuadriculado, esquinas dobladas y una tira de cinta adhesiva de papel con una palabra escrita a mano: “N‑E”. No es una contraseña ni un gesto para la foto. Es la forma en que decide, antes de nada, si ese día conviene subir a los bordes verdes o quedarse en ciudad.
Cuando sale temprano, antes de que el tranvía se llene y antes de que La Laguna suba el volumen, cierra la puerta con cuidado para no despertar a los vecinos del patio. Se coloca el gorro de punto azul —por abrigo y por costumbre— y se sube el cuello gris de la capa interior. El jersey de punto multicolor parece demasiado alegre para alguien que trabaja en silencio, pero a él le sirve como señal práctica: si lo ves cruzar, sabes que va a hacer algo concreto, no a improvisar.
Hay mañanas en las que no graba nada. Solo camina, apunta “brisa”, “eco”, “puerta metálica” y vuelve. Otras veces entra en la emisora con los dedos fríos, se sirve café y empieza lo que casi nadie ve: limpiar, recortar y etiquetar para que un sonido no sea solo sonido, sino una memoria con fecha, lugar y permiso.