Los que esperan el tren
Falta un rato para que salga el tren y Birdie ya está en el andén, con la mano de visera, mirando la curva de la vía por donde tiene que aparecer. No lo ve todavía. No importa: mira igual, como si de tanto mirar el fondo pudiera adelantar la llegada. Detrás, la Estación del Fin del Mundo huele a carbón frío y a lana mojada.
Es una cría de pingüino emperador, la máscara de la cara blanca y negra todavía suave, los ojos oscuros demasiado grandes para el resto. Va abrigado como para el peor invierno: plumón rojo hasta las rodillas, orejeras rojas de pelo, un gorro rojo calado hasta las cejas. Debajo, un cuello alto de punto crema y un jersey de ochos azul claro que le tejió la abuela.
Mientras espera, cuenta. Lo hace bajito, con el dedo, sin que se note. Uno, dos, tres... la señora del bolso, el del gorro, la pareja que discute por un mapa. Se le escapa alguien y vuelve a empezar. No arranca tranquilo por dentro hasta que están todos y sabe cuántos son. Es lo primero que hizo hoy y será lo último.