Un reloj no se mira
Cuando un vecino le trae un reloj que se para y arranca, Gavino no lo abre: se lo acerca a la oreja, ladea la cabeza, cierra los ojos medio segundo. «La rueda de escape», dice, y todavía no ha tocado un tornillo. «Un reloj no se mira, se escucha», suelta como quien da los buenos días. Casi siempre acierta.







