La fragua
Fernando enciende la forja a las seis y media de la mañana. Cada día. En invierno, a oscuras; en verano, con el primer sol entrando por el portón que da al este. El carbón tarda siete minutos en alcanzar la temperatura que necesita. Él lo sabe sin mirar el termómetro — lo sabe por el color, por el sonido que hace el aire al pasar entre las brasas. Mientras espera, llena la garrafa de cinco litros, se pone el delantal de cuero que heredó de su abuelo y coloca las herramientas del día sobre la mesa de trabajo. Siempre en el mismo orden. Si alguien las mueve, lo nota antes de verlo.
La nave de piedra donde trabaja está a tres kilómetros de Trujillo. Fue cuadra de finca ganadera, después fragua de su abuelo Eustaquio, y ahora es taller, vivienda y el lugar donde Fernando pasa el noventa por ciento de su vida. Ha añadido una habitación trasera con baño y cocina mínima — funcional, sin pretensiones, lo justo para no tener que bajar al pueblo a dormir. Todo lo demás es espacio de trabajo: el yunque de ciento veinte kilos con marcas de tres generaciones, la forja de carbón, y un porche con hamaca donde hace la siesta entre las dos y media y las cuatro y media. Sin excepción.
Fernando es herrero artesanal. Forja cancelas para fincas de dehesa, cerrajería para cortijos rehabilitados y herramientas agrícolas que ya nadie fabrica. Empezó a los dieciocho, con las herramientas que le dejó su abuelo y el saber hacer que Eustaquio le metió en las manos desde los seis. Su primer encargo serio llegó a los veinte: dos cancelas de cuatro metros con motivos de encina para una finca rehabilitada por un arquitecto madrileño. El arquitecto lo encontró porque un ganadero local le dijo: "Si quieres algo de hierro que no sea de catálogo, habla con el chaval de la fragua." Dieciséis años después, la frase sigue funcionando como tarjeta de visita.
Cada pieza sale de un boceto a lápiz en papel de estraza. Dibuja tres versiones antes de encender la fragua. "Ya te digo" es lo que responde cuando un cliente le pregunta cuándo estará listo. Puede tardar dos días en enviar un presupuesto. No por desinterés: necesita pensar. Las decisiones las toma despacio, como si las masticara dos veces antes de tragarlas.