El martillo todavía en la mano
Un martes de noviembre, Fernando volvió del instituto y encontró a su abuelo en el suelo de la fragua, junto al yunque, con el martillo todavía en la mano. A Eustaquio se le paró el corazón de golpe, de pie, trabajando, como se le habría parado a cualquiera de los suyos: en el sitio, sin aviso. Fernando tenía quince años.
Nadie en el pueblo recuerda que llorara. Lo que recuerdan es que la fragua estuvo cerrada seis meses y que él pasaba por delante cada mañana, camino del instituto, sin entrar. El abuelo le había puesto un martillo en las manos a los seis años y no le corrigió nunca; se limitaba a mirar. A los diez, Fernando forjó solo su primera pieza: un gancho para colgar jamones que le costó cuatro días y siete intentos. No es bonito. Aguanta un jamón de ocho kilos y sigue en la cocina de su madre.
Del abuelo lleva una foto de feria, en blanco y negro, borrosa, recortada y metida en la cartera. La toca con el pulgar sin darse cuenta, como quien comprueba que algo sigue ahí.