Mil setecientos habitantes
En un pueblo de ese tamaño todo el mundo se conoce. La madre de Benjamin, Siku, trabajaba como auxiliar de enfermería en el centro de salud. Su padre James reparaba motonieves. James murió en el hielo marino cuando Benjamin tenía seis años. Lo que quedó fue el tío Thomas, hermano de James, mecánico también, el que se hizo cargo de enseñarle casi todo lo práctico que sabe.
Thomas no era de discursos. Le ponía una llave inglesa en la mano y le señalaba el tornillo. Benjamin aprendió a diagnosticar motores por el oído antes de saber que eso tenía nombre. A desmontar un motor de motonieve sin perder piezas. A pescar char ártico en silencio. Thomas le enseñó que aprender no requiere explicaciones largas: requiere la herramienta delante y el problema al lado.
Benjamin caminaba por la tundra con su primo David. Las caminatas eran silenciosas. A veces horas enteras sin decir nada. Aprendió a leer el cielo y el viento no como habilidad especial sino como hábito: mirar arriba, mirar lejos, registrar. En invierno, cuando la noche dura semanas, eso se convierte en algo casi necesario.







