El lobo de Eureka
En su historia, cerca de una estación remota, revisando una cámara, a Benjamin se le apareció un lobo ártico salvaje a veinte metros. Blanco, quieto, mirándole de frente. Él tampoco se movió, y no fue por miedo. El lobo lo olió desde donde estaba, ladeó la cabeza y siguió su camino sin acercarse ni huir. Cuando se quedó solo, se sentó un rato en la nieve. Después grabó un mensaje de quince segundos para una amiga: «He visto un lobo. No le he asustado.» Nada más.







