Los anillos, y pedir mirar otra vez
En su historia, Ayana tenía dieciséis años cuando alguien montó un telescopio pequeño en un acto del pueblo, cerca de Kouré, y dejaba mirar por turnos. Puso el ojo y ahí estaban los anillos de Saturno, nítidos, colgados en el negro. Los demás gritaron y pasaron; ella no. Se apartó, esperó su turno y pidió mirar de nuevo. Y otra vez. El asombro venía de más atrás: de cría, su abuela Haoua la subía a la azotea de Dosso y le nombraba el cielo con el dedo —aquella que no titila es un planeta—.







